La flor, el barco, el alma

Mas ella

la de siempre más

como nunca ha vivido en los campos

ni en las montañas

jamás se desprende

 

Yo entro en el corazón de esta flor, donde no caben el pie / la mirada , la razón, tal como salí al mundo, a la existencia, con una terrible sensación de desprendimiento, de haber sido separado, para nacer a una dualidad que conforma la división entre mi yo y ese mundo. Al salir a la luz, que hace las cosas visibles a nuestros ojos, experimentamos el cambiante y múltiple mundo de la vida y la muerte, de la creación y la disolución, del tiempo y del espacio. Esa visión es a su vez transitoria, fugaz, impermanente: El nacimiento es una luz

Sin embargo, esta otra luz que empieza a iluminar mi desamparo y mi temor,  esta especialísima luz que emana de aquella flor y que me hace volver el rostro hacia su centro -donde somos capaces de ver lo invisible- oscurece lo visible, lo múltiple, lo manifiesto. ¿ Quién es esta flor tan blanca, en blanquísimo oro / sin reflejo alguno de azul / verde, marrón, que alumbra así, con luz nunca de sol / flor ésta tan desnuda y ausente, que nos penetra de esa manera con su más pura emanación virtual ? ¿ Será esa rosa que salida de las aguas primordialesse eleva y se abre por encima de ellas, aportándonos datos sobre la belleza de la primera madre, o aquel loto sagrado que se despliega y se mantiene puro sin ser mancillado sobre las aguas estancadas? Tal vez sea la rosa eterna que contiene al mundo en germen, las posibilidades de su ser, su corazón, su centro, la rosa de los vientos, la copa de la vida. Pero no hay otra tan cercana a mi alma, tan similar a ésa de San Juan de la Cruz, rosa blanca, viajando pura sobre el torrente de las aguas de la vida, de la existencia.

Las  otras, las de los campos y las montañas, las de la selva, el musgo,  la vertiente –  incluso siendo receptáculos celestes, del rocío y la lluvia – al igual que el resto de las formas, están mezcladas y penetradas por los contrarios. Cada uno de nosotros, estamos viviendo y muriendo, mezclados y relacionados con las fuerzas del movimiento, que nos individualizan e involucra en el comienzo, el despliegue y la caída de una existencia y el surgimiento de otra. Por eso somos cognoscibles, pronunciables, descriptibles, visibles; por eso somos impuros; pero Ella, única, en su soledad inefable, en su transparencia silenciosa, en su eterno ahora, atemporal, es inagotable, inabordable, impronunciable por nosotros, allí, donde el aire no la roza /el agua no la daña /  la muerte no la toca  /  así de sola.

Su gracia, vuelve visibles a los cuerpos impuros. Su inexistente invisibilidad, su transparencia, deja pasar nuestra mirada permitiéndonos ver; pero su luz en sí misma, es invisiblemente cegadora. Y nosotros, ¿qué vemos ? Lo visible no comienza en la luz / empieza en lo inexistente / al fluir junto a la mirada de un niño / en la figura de un árbol / en la exactitud de un poema. Sólo vemos parcialmente lo exacto, lo contradictorio, lo opuesto, el origen y el fin, la esencia y la existencia, lo puro y lo impuro, el uno lo dual y lo múltiple, lo lineal y lo circular, la ida y el retorno, el silencio y la palabra: Lo exacto / en el fondo de los relámpagos / en el fondo tembloroso de la palabra.  Sin embargo, todo ese proceso mutante de nacimiento-muerte, toda esa impermanencia es, a su vez, penetrada, sostenida, precedida y sucedida por la invisible Ella.

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En el alma / como si no fuéramos / sangre / médula / límite hasta el fin / y mientras más la sentimos / más se nos arraiga / y más nos cerca / la frescura de su blanco aroma abierto; dulce aroma,  mostrando el sendero que el alma debe seguir para relacionarse con el mundo y la existencia tal como son. Ella es como la gran madre, nunca nacida, siempre siendo, posible en lo imposible, sin comienzo ni fin, pero activa, para el despliegue y la revelación del mundo fenoménico. Ella ni nace ni muere, como el vacío incesante, como el cielo, como un gran útero cósmico que permanentemente está grávido o sacando a la luz nuestra percepción de la realidad, como una gran rueda / que se abre se cierra / se cierra se abre, donde no hay flecha, detención, porque lo invisible no es tan invisible / el vacío es su carpa, su útero.  Por eso, para verla, debemos raspar el cielo, para que baje la nube, la lluvia, aguas sagradas… bebedero del almaElla / la más ella de todas / nos señala lo inseparable, conteniéndolo todo, todo el espacio en su centro y todo el tiempo en potencia, antes de que éste se desdoble en el “tiempotal y como lo contemplamos; Ella desafía la medida humana porque en su corazón todo ocurre simultáneamente: el principio y el fin acaecen en uno y en cada momento del tiempo lineal como un “eterno ahora”, La flor en el instante de todo nacimiento  /  tiempo parejo de lo inmensurable  / igualmente aquísu razón no es lo exacto.

Ante la visión de este suceso incomprensible, la destrucción de la dualidad y la revocatoria del número en la conciencia, produce una sensación de apertura y de libertad tan abismal y sobrecogedora como la del desprendimiento inicial del nacimiento a este mundo. Entonces yo busco su rostro como el rostro arcaico de la gran madre que reposa en los pórticos que vigilan el origen desde donde me hace señas, seductora / de callado sorbo manantial, velos.  Iniciamos, así, el viaje que restaure nuestra unión y anule la distancia entre nuestro yo y el origen, para cruzar las murallas impertérritas, como el joven en vía hacia ella / y de ella hacia lo demás y todo…ése que buscaba el solo y único rostro…centro de navegación indescifrable…lejos del polen / lejos del fondo que se parte y se repite…inclinado paso de acercamiento / hasta entrar en la nada del vacío.

El barco es el símbolo de ese viaje. Con él cruzamos las aguas, nos elevamos por encima de los puentes que resisten…que impiden que los vacíos / se traguen los arbustos, las flores; salvamos el abismo que ha dejado la hendidura de la flecha, en él viajamos los vivos y los muertos. Nuestras almas son flores, que entran y salen permanentemente de la existencia hacia ella y su silencio, que se hace invisible / si la mirada busca a esa flor / y un barco semejante a los barcos  / nos abre la puerta  / en un mar que nos es mar / en un mar que semejante al silencio  /  no es el silencio de la flor.

El alma / que mira al barco desplegar / arribar; barco que espera el anciano dormido al pie del árbol, y que al arribar escoge al niño como costa. Barco construido con el tronco del árbol de la vida, Axis Mundi donde todo converge, construido con los maderos de una cruz donde acaece el encuentro que reconcilia a los contrarios aparentes y la multiplicidad de las cosas manifestadas y visibles nos expresan la unidad por ellas constituida, centro donde lo visible sólo sirve para expresar lo invisible, donde la creación del mundo se reproduce incesantemente como la repetición del acto cósmico; fuerza centrífuga empujándonos más allá de la realidad dimensional, al encuentro de los mundos ( materia y trascendencia ) que aunque incomprensible para nosotros, nos deja una sensación creciente e intensa de estar a un “tiempo” con el todo y Ella, a quién le pertenece / trasbordar una sombra hacia una luz / Un ascenso hacia un salto / un dolor hacia un camino del día.

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El hombre, la boca y el mundo; la flor, el alma y el barco; La palabra, el diálogo y la memoria: trinidad, hipóstasis de la creación y la existencia; esencia que funda lo visible en lo invisible, la palabra carga / donde lo invisible comienza / en espuma blanca / de nubes y velos blancos…la palabra y el vínculo / unión del pistilo con el agua / de la sombra con el cuerpo / del viento con las flores de la tierra, y esta otra flor que es nuestra del mundo y de los hombres

La flor deja que el mundo hable…el advenimiento de una otra faz / de una otra voz antigua de la memoria…la flor viva / entre las flores de las aguas temporales / conmigo contigo / con el otro  /  en la voz  /  en el pasado…El canto de los espacios siderales  /  prende en la memoria  /  el césped del verbo.

Cómo explicar nuestra relación con los mundos, con lo que acontece / entre la piel, el anhelo / y la palabra que congrega, coloca…cosecha, cuerpo / necesidad …el almendro requerido por todo labio / toda sed / toda agua: alimento, y aquella otra realidad que nos trasciende. El hombre como parte de la realidad material, posee la palabra que es capaz de unirlo con lo trascendente: la poesía, y de constituir un diálogo con los otros. El  filósofo, García Bacca, otro maravilloso Juan, nos dice que:  “la poesía es el lenguaje en flor… es el pensamiento en flor, presente y regalo que nos hace la vida, y que no dura más que lo que todo presente, urgido por el futuro, arrastrado por el pasado hacia desde siempre y para siempre…La flor ocupa en el árbol el medio, justo, entre la raíz: de que todo ha venido, y el  fruto: de que todo va a venir. Así que la flor es el límite preciso entre pasado del árbol y futuro del árbol. Flor es árbol. Flor es árbol en presente; y presente que nos hace el árbol para que cual regalo la tomemos, regalo que dura un instante, como un instante dura el presente. Mientras que raíz y fruto perduran y se extienden hacia pasado inmemorial, eterno, hacia futuro, patente hacia el para siempre, abierto hacia lo posible”.

La poeta en cambio, no necesita explicar el mundo; ella lo ama, y lo ama en su integridad. Por eso, nos lo ha devuelto reunificado como un todo, en su pureza; intacto. Ya no hay  “este mundo ” ni el de “más allá”.  Y nuestra percepción dimensional se ha precipitado en la amplitud absoluta de un “espacio-tiempo”, que al ser  “espacio-tiempo”  de  la  flor,  ya  no  es  ni  tiempo  ni  espacio,  pues ¿ Dónde están los espacios / si ella carece de las hebras / para engarzar los horizontes / y llenar la página blanca / sin cesar en nuestra vida más íntima? / ¿ Dónde se halla el tiempo / si desconoce los vendavales / e ignora totalmente la muerte ?  La amplitud de este “mundo abierto” que ella nos devuelve, no nos diluye ni nos desintegra. Hay en todo este movimiento visible / invisible de pasos abiertos / que no pueden retroceder, cerrarse / red que fluye del árbol al asteroide, en toda esta corriente que sigue / el rumbo de los ciegos / la pisada de los que escuchan / el silencio de los otros /  allá, aquí / antes, después, una exigencia, un mandato que nos obliga a reasumir el mundo, a fundar lo invisible en lo visible y lo visible en lo invisible, con una nueva categoría de pasión:  la pasión por lo inmenso, para que la ejerzamos en nuestro “aquí”, en nuestro cuerpo, en nuestro tránsito, dueños ya de una abundancia de alas / no alas de aves / ni de la razón, donde ninguna mano se desprende del tiempo, donde asimilamos lo permanente.

Pero la poeta no sólo nos exige, también nos ama. Y, desde la santidad de este “para siempre eterno ahora”, ella ha arribado a nuestra costa, donde pensábamos que ninguna mujer empuja la puerta, y su palabra nos ha regalado una flor invisible: hela aquí sobre nuestra alma, en su blancura inapresable / de una flor no flor / sin cesar entre la tierra  / el hombre, la palabra y los cielos.

 

Edgar Vidaurre.