El cigarrón

cigarron

Prólogo

 

…para que el vuelo siga y retorne vivo

como acabado de salir

del centro amarillento de las margaritas.

 

El cigarrón – Elizabeth Schön

 

El entomólogo Auguste Magnan y el ingeniero André Saint-Lague, comprobaron que científicamente y de acuerdo a los cálculos que se derivan de la teoría aerodinámica, la fuerza de sustentación en las alas del cigarrón, no era lo suficientemente apropiada para que éste levantara vuelo. Por su parte, el equipo de científicos japoneses conformado por Hiroyuki Iwamoto y Naoto Yagi, utilizando una máquina de rayos X de alta velocidad (5.000 capturas por segundo), decodificaron el mecanismo de su vuelo, sin poder encontrar una teoría o solución plausible que explicara por qué esta criatura podía mantener su cuerpo en el aire. Igualmente la Nasa, en pruebas efectuadas en un túnel de viento estableció, que de acuerdo a las leyes de aerodinámica y por la estructura de su cuerpo, su forma y el tamaño de sus alas, era imposible que este insecto pudiera volar.

Sin embargo y contradiciendo todas las leyes físicas y la teoría de la aerodinámica, nos basta con mirar en un día soleado sobre los campos, como este pequeño ser, a la manera de los milagros del nuevo testamento, como si fuera una parábola santa, resurge libre y en pleno vuelo enamorado, para afirmar lleno de polen, que todo es posible, que el vuelo es una cualidad y un atributo que ejerce la fuerza vinculante del universo, fuerza que esta vez irrumpe desde corazón de una flor, para que lo imposible se haga vuelo, para que el vuelo siga, y retorne vivo, como acabado de salir del centro amarillento de las margaritas.

Hasta el día de hoy, nadie, ni científicos, filósofos, místicos o teólogos, han podido desentrañar la contradicción que ocurre cuando las leyes naturales son revocadas por hechos asombrosos e inexplicables a la razón, y que apenas hemos podido nominar como milagro. Y nos preguntamos, que es lo que hace volar al cigarrón, que fuerza invisible lo hace resurgir de la humedad de la sombras hacia la luz, para llenarse de polen, de donde proviene su terquedad  y su obstinada voluntad de alzar el vuelo?…y no podemos conformarnos con la respuesta (aunque sea válida y abarcante) de la fe.

En este libro, (y lo digo con absoluta fe), una poeta, una mujer iluminada asume la voz de un cigarrón y sin ningún tipo de herramienta de la ciencia y de manera inocente, nos revela sin premeditación, lo que hasta ahora ha constituido el mayor de los misterios: cuál es la génesis de los milagros, qué los provoca, cuál es la fuerza generadora y el sentido que estos acontecimientos maravillosos tienen dentro de la trama de vinculaciones entre lo visible y lo invisible, entre los elementos que constituyen las formas de la creación y sus procesos de transformación, y lo hace de la única manera que puede hacerlo: a través de su propio vuelo.

Ella asume la voz del vuelo. Un solo aliento ininterrumpido que sale de su boca para arrojar la visión que deviene en la duración de todo el recorrido que se inicia como debe ser: con una afirmación que la devuelve al origen, a esa tierra íntima con pupilas alargadas como celajes para mirar desde lo más grande hasta lo más diminuto. Los ascensos y los descensos, vaivenes y caídas precipitadas hacia la tierra, retornos a las aguas y las vertientes, las rocas, las ciudades y las puertas que se interponen al vuelo. Cruce de ventanas abiertas o cerradas al viento para llegar a las margaritas exactas en donde nada tiene comienzo ni fin, sino que todo es un flujo continuo e incesante… yo abro mis alas, el único esfuerzo que abarca aun al cansancio último del fin. Afuera la claridad, las nubes, mi silueta de tijereta entre el horizonte sobre las flores, las puertas, ventanales que una y otra vez me detienen impulsándome a seguir con el fruto rojo de la tierra y las margaritas exactas. Las cascadas van de lo alto hacia lo bajo, siguen rectas iguales a mí, cigarrón de sol, vacío de ciruela, semillas, aire. Jamás he visto, ni probado, ni tocado el comienzo del fin.

Solo desde el vuelo, podemos tener esta visión abarcante donde todos los elementos, fuego, agua, aire y tierra, aparecen amalgamados y mezclados por las fuerzas creadoras, que giran incansables sobre sí mismas, sin detenerse. Volar es salirse del tiempo y del espacio. Sucumbir a la revocatoria de las dimensiones, y llegar a la luz, a la energía primaria que hace que todo sea posible. Así nos ronronea esta verdad el cigarrón en su vuelo: No me detengo. Detenerme, sería exigirle a la tierra lo que no puede cumplir: frenar sus giros indetenibles ante la luna y el sol y seguir con la luna y el sol ocultando quizás algún detalle que por inaccesible o gigantesco, nadie ha podido avizorar y sigo sobre la tierra enriquecida por el amanecer diario del amanecer, junto a cigarrones parecidos a mí que apenas soy vuelo…

He aquí entonces el secreto, el misterio develado. El milagro siempre ha estado ahí, al alcance de la mano, incesante y permanente en su verdad dinámica y determinante, en las relaciones del sol, de las estrellas y planetas, soplando sobre las aguas, sobre la tierra, en infinitas vinculaciones: todo es vinculación, todo es transformación, todo es inmersión total en la creación: ¿Qué relación existe entre un fragmento de teja, mi ala y la ebullición del sol? Pasa una lagartija y muestra su totalidad. Miro hacia lo lejos, hacia lo alto hacia todos los lados. Me encuentro semejante al fragmento. A lo lejos descubro miles de cigarrones mirándome desde sus alturas, desde sus centros y sus bajos, me ocurre entonces que al contemplarme a mí misma me hallo dentro de ellos y en todos los lados y  en todas las alturas que puedan o no puedan existir.

Esta génesis de todos los milagros, estos vínculos, a pesar de pertenecer por su naturaleza al vuelo, no tienen blandura. Su contundencia se manifiesta en la dureza de la tierra, en la caída. El cigarrón es alado, pero no es un ave: vínculo entre el cielo y la tierra. El cigarrón tiene un cuerpo duro, un caparazón que lo asemeja a un ciruelo volador, a un fruto que se alza y cae para romperse, tropezar y partirse. Su vida se humedece en las sombras, pero se parece al leño que está consumiéndose en el fuego… desde la sombra, una proyección de la luz, más allá de ella misma.

La tierra nos contiene y los cielos se tienen a sí mismos dirían los pensadores, aquellos que establecen las fronteras que no podremos cruzar nunca. Contener es igual a las azancas que viven debajo de la tierra y tener es lo que retiene para sí lo más altamente azul del azul en azul… y así no puede haber milagro. Sólo revocando los límites se abren las vinculaciones que permiten que todo sea posible…que todo sea verdad. Y la vinculación no puede tener otro  nombre que el Amor. Esa fuerza vinculante, amorosa que convoca en su centro la insurgencia de todos los milagros. Entregarnos apasionadamente al ritmo de la creación, a la secuencia unívoca de sus alternancias, de los días y sus noches, de las estaciones, de la luz y su sombra, y a todo lo demás terreno y cósmico, confluyendo en el deseo irresistible del cigarrón por el corazón de la flor, para fecundar, para que la creación no se detenga, para lograr milagros aún más maravillosos e increíbles que su vuelo imposible: Del alba desciendo junto con el sol y lo cargo dentro lo mismo que a un fruto, a un astro. Fecundo las umbelas si el rojo del crepúsculo me conduce hacia las corolas y les extraigo la última y oculta hebra del centro…

El amor es entonces el milagro. El amor no es como esa piedra lanzada al agua para perderse dentro de la cueca. El amor es como esa piedra firme, consistente y dura que brota del agua y camina con certeza hacia la orilla para revocar su límite y permanecer en plena libertad de aspiraciones, compromisos. Por su gracia nos levantaremos como el cigarrón sobre la tierra sostenidos en nuestra propia alma, para llenarnos de su polen, para retornar vivos…como acabados de salir del centro amarillento de las margaritas.

Edgar Vidaurre