3-Tercera visión, La palabra

III

La Palabra

Los Mantras

La liturgia acústica

La palabra de Dios

La palabra del hombre

La respuesta a JOB

Según nos devela en la revista  NewScientis, el astrónomo Mark Talle de la Universidad de Virginia, a diferencia de la creencia tradicional, y auditivamente hablando el Universo no comenzó con un gran golpe (Big Bang) sino con un gemido bajo que terminó en forma de silbido ensordecedor. El cuadro auditivo anteriormente mencionado es una buena manera de representar el comienzo del Universo. Talle ha reconstruido la cacofonía cósmica del inicio del Universo a partir de la radiación cósmica de microondas obtenida por la nave espacial WMAP de la NASA, en un archivo en formato WAV del primer millón de años, ha sido recomprimido por Talle en un archivo de audio de apenas 5 segundos de duración.

De una nube que representa al Padre, Primera persona de la Divinidad, cuya esencia permanece escondida, se escapa el Verbo por excelencia, representado por la palabra Fiat, expresión de la voluntad creadora…  

Robert Fludd, Utriusque Cosmi historia Oppenheim 1719, en Gria, 225.

Fiat… esta primera palabra representa la energía o espíritu vital que vincula y crea el dinamismo entre la fuerza abstracta y fuerza conformante, entre la materia pura y materia visible, potencia y forma. Este doble paso capaz de unir el verbo con la forma, la voluntad con la materia creada y regida por un orden, tiene a su vez un triple supuesto, una hipóstasis de creación, que no es otro que el soplo primario  -Ruah Eloim- .  El primer acto de creación, es decir el acto creador del mundo, tuvo su hito en la unión hipostática del verbo con la naturaleza humana

La primera palabra, (en realidad la energía primordial creadora), es la palabra indiferenciada sin conciencia de si. Esta palabra también está dentro del hombre, en el interior del hombre como todas las cosas, pero este inicialmente al nacer, aún no la conoce: es el pensamiento divino en su valor potencial. En el plano microcósmico es lo inconsciente.

Esa energía primordial que percibimos parcialmente como sonido, sigue vinculando a toda pluralidad  de la creación y además sosteniéndola en su dinámica desde el origen es decir, desde el inicio… en consecuencia la creación sigue aún desplegándose, pues la creación aún sigue nutrida, penetrada y permanentemente concebida por esa energía primordial. Pero es en el momento en el que el universo adquiere su autoconciencia en el hombre, es decir cuando el hombre entiende de manera consciente que forma parte de un todo, cuando esa energía, ese sonido primordial (que estuvo indiferenciado del pensamiento divino), se traduce y se evidencia en la palabra que emana de la conciencia del hombre.

El hombre contiene la palabra originaria dentro de sí, y esa palabra contiene toda la carga sagrada de la energía primordial de la creación. Inicialmente la conciencia de la individuación (y la conciencia en general, especialmente la que se generó al comer el fruto del árbol del bien y del mal) y de la diferenciación en el hombre constituirá una intensa sensación de separación de desprendimiento… de haberse apartado (desintonizado) de esa energía. Entonces comenzará la búsqueda apasionada del hombre por volverse a unir a través de un proceso de re-vinculación que durará toda la vida. Inicialmente la búsqueda se articulará fuera de si mismo,  hacia el afuera para tratar de revocar la tragedia de la alteridad.

Ese desplegarse hacia el afuera, hará que su clamor se eleve hacia el Ser primordial a través de monumentos sagrados construidos en la intemperie y dirigidos hacia arriba, al tiempo de que intentará resonar a través de su propia voz la palabra original, la palabra sagrada, la primera palabra, en un intento de reproducir la vibración de la creación y de sintonizarse nuevamente con ella…. La hará además no solo con la palabra sino con la vibración de la materia que se conecta también con esa energía sagrada…el amplio resonar de los metales y de la percusión repetida.

El retorno a lo interior… la búsqueda del centro:

Los Mantras

Dentro de nosotros, en el alma, según Jung (y el hermetismo) se halla también la totalidad del universo, y aunque en principio lo ignoramos, “algo” nos impulsa a la integración consciente de nuestros componentes hasta alcanzar lo trascendente.

“La verdadera transmutación hermética -La alquimia Espiritual- es una práctica, un método, un arte mental” (El Kybalion). El concepto de trasmutación mental que nos propone la filosofía hermética (en consecuencia la Junguiana) es la de asumir conscientemente expansiones y aberturas que nos lleven a la integración de qué y quienes somos, que nos eleven al encuentro  de nuestros verdaderos y compartidos sí mismos

Como paso previo al despliegue de lo creado por el hombre, debe producirse ese tornar a sí mismo, mirar lo más hondo de sí en donde están en estado de pureza los elementos abarcantes, totalizantes y vinculantes del alma universal… Es ese proceso de construir y asumir nuestra individualidad, con el solo propósito de llevar a la conciencia la  sensación de que pertenecemos a una totalidad.

La Conciencia. Ese acto sagrado de íntima pureza, ese replegarse sobre sí mismo: reflexión interior, cuya mejor expresión (la del Alma) es inicialmente el silencio. La conciencia es entonces el reconocimiento de la interioridad espiritual como camino privilegiado de acceso a la propia realidad del alma. No se trata en este caso de una separación o división entre el hombre y el mundo. Se trata más bien del hombre que transido de mundo, retorna a sí mismo para buscar la unión, la totalidad. Relación que también en este caso establece el alma consigo misma, como cualidad intrínseca al hombre que deviene interior o espiritual y por la cual puede conocer de otro modo, de un modo inmediato. Después y sobre ese espacio continente llamado silencio, advendrá el sonido, la palabra.

El Lama Anagarika Govinda, nos ilumina esta verdad de la siguiente manera:

“El nacimiento del lenguaje fue al mismo tiempo el nacimiento de la humanidad. Cada palabra era el equivalente fonético de una experiencia, de un acontecimiento, de un estímulo interior o exterior. Cada palabra en su origen era un núcleo de energías en las que se originaba la transmutación de la realidad en modulaciones de la voz humana, expresión vida del alma. Por medio de la creación verbal, el ser humano tomó posesión del universo. Más aún, descubrió una nueva dimensión, todo un mundo que estaba en el interior de sí mismo y a través del cual se le abría la perspectiva de una forma más elevada de vivir, sobrepasando el estado actual de la consciencia del mismo modo que la consciencia del hombre supera la del animal.

El presentimiento, y hasta la certeza, de la existencia de estados de consciencia tan elevados, va ligado a determinadas experiencias de naturaleza tan fundamental que es imposible explicarlas ni describirlas. Son tan sutiles que resultaría imposible compararlas a nada que puediera ser expresado con un pensamiento o con una representación. Y sin embargo, estas experiencias son más reales que cualquier otra cosa que pudiera ser percibida por nosotros, vista, pensada, tocada, sentida u oída. Únicamente los símbolos pueden sugerir el sentido de estas experiencias. Y tales símbolos no son de ningún modo invenciones arbitrarias, sino formas espontáneas de expresión, surgidas de las regiones más profundas del espíritu humano.

Los sonidos no son los que constituyen una conversación, son Mantra, fuerzan a la creación de una imagen mental, y la fuerzan ejerciendo su acción sobre lo que es, precisamente para que surja tal como es relmente en su Ser esencial… Aquel que consigue utilizar las palabras-mantra poseerá la fuerza del conjuro, el medio mágico de actuar sobre la realidad inmediata, que es revelación divina y juego sempiterno de las fuerzas del universo.

En la palabra mantra se encuentra la raíz MAN – pensar – unida a la partícula TRA, que forma parte de las palabras que designan los útiles. Así sucede con mantra, es un útil para pensar, una herramienta que permite aprehender una imagen mental. Por su resonancia, llama a la inmediata realización de su contenido. Lo que designa el mantra es así, está aquí, se realiza. La magia de la palabra y de la voz ha sido auténticamente vivida en las antiguas civilizaciones, las cuales asumían una actitud tremendamente respetuosa ante la palabra portadora de la tradición sagrada y encarnación del espíritu. En el Tíbet, donde se conservan vivas las tradiciones mántricas, la palabra únicamente no es un signo sagrado, sino que lo es cada letra del alfabeto, cada sonido. 

OM, la sílaba sagrada, no es propiedad exclusiva de ninguna escuela filosófica en particular. Es la experiencia del infinito. El fonema sagrado está compuesto de tres elementos:

A – la consciencia vigilante, nuestro estado ordinario, la consciencia del mundo exterior

U – la consciencia en estado de sueño, la consciencia del mundo interior, el pensamiento, los deseos,los sentimientos, el intelecto

M – la consciencia del sueño profundo, la consciencia que reposa en sí misma, la unidad indeferenciada, donde no hay sujeto ni objeto

OM – es la totalidad, la expresión más alta de la consciencia, el cuarto estado, que todo abarca y sobrepasa toda expresión, es el fin más elevado, la consciencia de la cuarta dimensión. 

Desde los tiempos más remotos, se utilizan fórmulas mántricas para fijar el espíritu sobre un conocimiento o una visión obtenida por medio de la meditación. El mantra es un medio o instrumento de mediación hacia un fin. En su absoluto paralelismo de sonido, ritmo e idea, su concentración sobre los símbolos más elevados, el abandono amoroso y la confianza llena de fe radica la magia de la palabra mántrica, cuya fuerza mística se expande por todo el individuo. Las potencias del alma, entonces, son despertadas, reforzadas y transformadas”

Las primeras palabras…los primeros nombres…lo sagrado

El intermediario entre el cielo y la tierra

Los chamanes

Los primeros hombres estaban poseidos de una intensa emoción sagrada, y su actividad anímica era fundamentalmente afectiva y llena de capacidad de asombro. Para esos hombres, el nominar los objetos, las cosas de la creación, era un acto mágico – sagrado.  Las primeras palabras no eran para comunicarse entre si los hechos cotidianos acaecidos durante la vida. Eran símbolos que resumían las correspondencias entre el cielo y la tierra, y esas palabras-símbolos contenían el sentido mágico y primario de las primeras nominaciones.  No subsiste nada más puro y cercano a nuestro origen en función de la palabra, que los primeros símbolos.

La palabra chamán  proviene de un vocablo de origen siberiano shaman que identifica hombre-dios-medicina. El vocablo tungu original xaman contiene la raíz scha, “saber”, por lo que chamán significa “alguien que sabe, sabedor, que es un sabio”. Algunas investigaciones etimológicas explican que la palabra proviene del sánscrito por mediación chino-budista al manchú-tungu. En Pali es schamana, en sánscrito sramana es algo así como “monje budista, asceta”. El termino chino intermedio es scha-men.

La exquisita antropóloga y mística Rowena Patte en su libro El viaje del Chaman nos dice que, El éxtasis chamánico, al igual que el de ciertas tradiciones religiosas, como el samadhi budista, el fana sufí y el “estado beatífico” cristiano, es un estado de “viaje” o vuelo mágico. En el éxtasis chamánico el énfasis radica en los viajes místicos al mundo superior o inferior, para encontrarse cara a cara con los espíritus, los dioses y los demonios […] incluye fenómenos clarividentes como voces y visiones, que facilitan la orientación o información para alguna curación, o para el crecimiento espiritual y la solidaridad en la comunidad.

La  Palabra de Dios

Ese acontecimiento, en donde ocurre la sintonía, en el que la energía individual se hace una con la energía universal, cuando vibramos al unísono con toda la creación, (evento que trasciende el tiempo y el espacio material), marca a su vez la dinámica que permite que la emanación pura de la divinidad nos traspase, nos penetre y nos posea. La palabra que surge entonces de nuestras bocas, no es en modo alguno expresión de nuestro pensamiento individual, sino una auténtica Teofanía de la palabra. Es decir la revelación de Dios en la palabra, Dios se manifiesta y se comunica con el ser humano de manera directa a través de la palabra.

Todos los libros sagrados sin excepción, contienen la palabra de Dios (de lo creante, divino o como lo queramos llamar). Desde la primera pintura rupestre con motivos sagrados, hasta los más auténticos talmudes, Lo Creante nos habla y se comunica en términos humanos a través de la palabra. El hombre como dijimos es una emanación del pensamiento puro en su componente anímico. El universo se hace autoconsciente de sí mismo a través de la humanidad, y la expresión de esa conciencia universal se expresa igualmente con la palabra.

La Torah, la Biblia cristiana, el Corán, el Libro de Enoch, el Talmud, el Zohar, los libros sagrados como el Bardo Todol, el Bhagavad-Gita,  el Popol Vuh, el Chilam Balam, el poema de Gilgamesh, las Sagas, las Eddas, el Libro de los Muertos, el Mahabarata, el Ramayana, los Vedas y tantos otros, contienen la palabra de Dios.

En este caso la Teofanía de la Palabra es una afirmación, una declaración unilateral de lo creante, de su voluntad, de su esencia. No hay diálogo con lo creado. El diálogo vendrá luego, cuando el ser humano integrado en si sí-mismo, pueda corresponderle a su vez con su propia voz y su canto.

Si leemos bien la palabra de Dios en estos libros sagrados, en su primera parte, veremos que la misma es inflexible, a veces incomprensible en términos de lenguaje cotidiano. Para escuchar la palabra de Dios y entenderla, hay que estar en total sintonía con su vibración primordial y originaria. En otras palabras, la conexión con la palabra de Dios debe estar precedida de la máxima entrega que implica ese evento sagrado. La sacralidad de ese evento, como todo acto de posesión y de entrega, está revestido de lo que el ser humano ha instituido a través de los rituales, de las ceremonias que confieren a estos encuentros un carácter especialísimo.

Antes de la palabra, el ser humano ejecutaba los rituales de las aguas, de los vientos, de la luz y de la sombra. Pero la revelación de lo creante a través de la palabra establece el vínculo en términos humanos, por lo que los encuentros con la divinidad, se celebran de manera más cercana a través de la liturgia de la palabra… de la palabra de Dios.

Solo así, después de haber sido sometidos a la experiencia y a la cercanía y sintonía con lo creante, de haber sido poseídos y haber vibrado al compás de su cadencia, estaremos en condiciones de corresponder y de retribuir a través de nuestro canto, a la maravilla de la creación y al espectáculo de su belleza infinita, correspondencia esta que por proceder del alma, encuentra su expresión más perfecta en el sonido de la palabra poética o del sonido puro y denso de la música del hombre.

La palabra del hombre…

La respuesta a Job

Se trata aquí del conflicto interior del hombre que aún no ha podido integrar la totalidad dentro de sí mismo. Del primer desgarre, de la profunda sensación de desamparo ante la tragedia de la alteridad y su separación de la fuerza creadora… en donde todo se escinde y se divide: luz y sombra, bien y mal , visible e invisible…  incluso dentro de sí mismo la dicotomía entre cuerpo y alma, parte divina y parte animal, infinitud e impermanencia. Es el ser humano desprendido, caído, sustraído del Paraíso cuya senda ha perdido y que solo recuperará a través de la trascendencia inciática que se produce durante el viaje interior para regresar luego a la conciencia de manera integrada.

Dios, el Creador es trascendente pues lo contiene todo… es el símbolo de Abraxas cuya abstracción lo contiene todo.  En este estado traemos como epílogo de la charla la correspondencia entre la palabra de Dios y la palabra del hombre que resume el libro de Job de la Biblia, y la respuesta a Job del Maestro Jung: El hombre sometido a la voluntad del creador trascendente y ajeno por completo a su humanidad.

Cómo afrontará entonces el ser humano en primera instancia la sensación de que creador y criatura están de hecho separados a partir y como consecuencia del propio acto creador?

El Maestro Jung, en una charla con Mircea Eliade sobre su libro la respuesta a Job, le Comenta: Pudiera ser que lo que usted llama «injusticia»  y «crueldad» de Yahvé no fueran más que fórmulas aproximativas, imperfectas, para expresar la total trascendencia de Dios. Yahvé es «aquel que es», por tanto está por encima del Bien y del Mal. Es imposible captarlo, comprenderlo, formularlo; por consiguiente, es a la vez «el misericordioso» y «el injusto». Eso es un modo de decir que ninguna definición puede circunscribir a Dios, ningún atributo lo agota… 

Yo hablo como psicólogo -continúa el Maestro Jung- y, sobre todo, hablo del antropomorfismo de Yahvé y no de su realidad teológica. Como psicólogo compruebo que Yahvé es contradictorio y también creo que se puede interpretar psicológicamente esta contradicción. Para poner a prueba la fidelidad de Job, Yahvé concede a Satán una libertad casi sin límites. Ese hecho no carece de consecuencias para la humanidad: se esperan acontecimientos futuros muy importantes a causa del papel que Yahvé pensó tener que ceder a Satán. Ante la crueldad de Yahvé, Job calla. Ese silencio es la más hermosa y noble respuesta que el hombre haya podido dar a un Dios todopoderoso.

Lo bueno y lo malo pertenecen al hombre a partir de su conciencia primaria, no pertenecen al creador ni al Ser trascendente, pues en él esta todo integrado…es el hombre quien debe construir alma y trascender para llevar a la conciencia estas integraciones. LA CONSCIENCIA PRIMIGENIA DEL BIEN Y DEL MAL…” Aunque lo animal y lo divino parecieran antagonizar, como si uno fuera el bien y el otro el mal, en realidad ambos: Dios y animal, se vinculan a través del amor para potenciar lo creativo, ” obra y hacedor”. No hay uno sin otro, ese es el impulso amoroso, el impulso generador. El bien pues, será el impulso amoroso que vincula a los antagonistas, que unifica la dicotomía; el mal será la no integración. El impulso amoroso, es el impulso generador tanto físico como espiritual.

El hombre es criatura, pero también es creador… portador de la palabra, receptor de la energía primordial, (que bien pudiéramos llamar amor), y por la cual es capaz de crear a través de su mente y de darle forma y consistencia a los frutos emocionales de su alma, de su espíritu, ejerciendo sus atributos de gran enamorado, de gran amante que el acto creador requiere.  Dios creó al mundo por amor, y es el amor quien sigue sosteniendo al mundo. La vida del artista consiste en gran medida, en forjar mediante una ética poética de vida, los monumentos que preserven la visión única del amor como fuerza unificadora y vital.

Por amor al hombre Dios a encarnado en casi todas las teofanías, redimiendo de esta manera todo lo visible, lo concreto, lo individual.  Decimos esto porque el ser humano no sólo es mente – es decir emoción, amor, sueño, intelecto –  es también cuerpo y sensualidad, luz y sombra. Esa es la respuesta del hombre en correspondencia con el creador: un acto de amor como fuerza unificadora, une nuestro cuerpo y nuestra mente y todos los opuestos en la conciencia… La necesidad de trascendencia que su impulso nos impone, haciendo que surja entre otras cosas como manifestaciones de ese maravilloso evento, la música, la poesía y el canto -que según el decir de los sabios Leroi y Gourham: “el canto es el símbolo de la palabra que liga a la potencia creadora a su creación, en tanto que ésta reconoce su vínculo como criatura y la expresa en el gozo, la adoración o la imploración: El canto es el soplo de la criatura respondiendo al soplo del creador”.